Odio los festivales. Todos y cada uno de ellos. No me importa quien toque, si puedo evitarlo, no voy. Grandes bandas que amo han estado en festivales en argentina y por lo general, me las he perdido a todas.
En marzo esta ciudad y su algoritmo se tiñe de Lollapalooza. Todos hablan del Lolla, todos quieren ir. Todos compran entradas un año antes de que se confirme el line up porque lo más importante es la experiencia, no las bandas que tocan.

Ir al LollaPalooza en la actualidad es la actividad más aspiracional que existe. Para mi ir a un festival de estas características es el equivalente a ir a un shopping pero en el infierno. No podés comprar nada porque es caro y lo único que vale la pena es mirar vidrieras. Las bandas no son bandas, son pequeños modelos en una vitrina las cuales no podés disfrutar como corresponde porque:
-tienen sets cortos, cortísimos, apuntados al mainstream absoluto.
-tenés a una adolescente charlando con las amigas al lado
-tenés gente quejándose si la empujan, si la tapan, si no hace su canción preferida.
-Otra banda que te gusta está tocando en un escenario a 15 cuadras y no llegás a verla.
-Mal sonido. O no escuchás o se te mete la banda que toca en el escenario de al lado.
-Tenes una boluda al lado filmandose mientras canta una canción.
Algo que me vuelve loca de los festivales, y particularmente de este, es el tema de la vestimenta. Perdí la cuenta de la cantidad de reels que me aparecieron mostrando gente contando que se iba a poner, como elevar un look. Vi glitter, vestidos de lentejuelas, sombreros cowboy, botas de taco altas, hasta un pibe con todo el torso pintado de plateado, al cual ni siquiera se le pasó por la cabeza que en esta ciudad en marzo hace calor, y vas a transpirar y la pintura plateada en dos horas no va a existir.

El Lolla es el capitalismo triunfando por sobre la música. Entre las cosas que me aparecieron, me la pasé consumiendo videos de chicas que contaban cuánto gastaron para ir al festival: algunas decían 500 mil pesos, otras 700. Otra contaba que lo que más le había salido era la comida ese día, cargar ese invento del inframundo llamado tarjeta cashless. Otra contaba que más que la entrada, le había salido más la ropa que se había comprado especialmente para el festival.
No quiero ni ponerme a hablar del campo vip pero me la dejan servida. ¿CAMPO VIP?. El campo vip es la peor cosa creada por el hombre (o sea por el capitalismo). Tu plata vale más que mi fanatismo y llegar tres horas antes, hacer fila y correr a un lugar en la valla como si estuviera en una guerra. Una experiencia única que al menos todo adolescente debería tener aunque sea una vez en su vida. Pero ahora no, si tenés un millón de pesos, podés ver a una banda adelante del todo. La definición perfecta de la mercantilización de la música.
Nadie habla de la música, del sonido, de los sets, todos hablan de la experiencia. De las filas para ligar cosas de las marcas. Periodistas de música contaban cómo no pudieron acreditarse para cubrir bandas porque el festival prefirió darle entradas a influencers para que hagan contenido con las marcas que sponsoreaban.
Mientras me tomaba mi tercer café del día con la peor de las ondas, características de un domingo de resaca, me la pasé leyendo twitts de pilimilis que se quejaban de que no pudieron disfrutar de los recitales porque tenían gente al lado que las empujaban, que hacían pogo, que las pisaban. Que la gente filmaba y ella no podía ver el escenario. Una fanática swiftie decía que la pasó pésimo en addison rae porque (sic) “Los tipos pensaban que estaban en un pogo de heavy metal, empujaban y golpeaban muchísimo”.
Entiendo, como pagaste un millón de pesos creías que la experiencia iba a ser tan lavada que no iba a haber nadie haciendo pogo, disfrutando de una banda que le gusta. Dejame decirte que ir a ver bandas no es eso.
Ir a ver una música en vivo es que alguien te empuje porque la emoción de escuchar una canción que le gusta es tan grande que se le mete en el cuerpo y tiene que salir eyectado desde su lugar y acercarse lo más posible al escenario, al pogo, a la gente, para descargar esa fuerza sobrehumana única que solo las personas a las que nos gusta ver bandas entendemos.
Ir a ver bandas es emocionarte porque a pocos metros tuyos un artista que admirás está tocando esa canción que te gusta. Ir a ver bandas es empaparte de sudor ajeno, de excitación ajena. Ir a ver bandas es hermanarse con la persona que tenés al lado, a quien no conocés pero en esa hora se convierten en mejores amigos, en dos personas unidas por una misma sensación, por un mismo sentimiento. Ir a ver bandas no es ponerte un sombrero vaquero rosa y quedarte en una burbuja donde creés que tu plata vale más que la efervescencia del resto.
Dejame decirte, amiga mía, que si no sabés ir a ver bandas no vayas a ver bandas. Y que si te gusta la música, te recomiendo que no vayas a un festival.

