ARTISTA DESTACADO: James Mercer

Kaiserslautern, Alemania Occidental, 1980. Un niño de tan sólo diez años corre agitado, fundiéndose en la densa arboleda ubicada detrás de la casa familiar. A dieciséis kilómetros, se yergue la base aérea de Ramstein, el cuartel general de las Fuerzas Aéreas estadounidenses en Europa. A muchos kilómetros más, se extiende el Muro. El pequeño continúa propalándose por el bosque, imaginando hallarse en una partida de Dungeons and Dragons. Por momentos, el mítico juego de rol parece ser lo único que extiende lazos por sobre el océano, devolviéndolo a su país y en particular a Hawaii, su estado natal. Honolulu está muy lejos. Y James, a pesar de la compañía de su hermana menor Bonnie, se encuentra solo en cantidades homólogas a la distancia. Papá Jim y su puesto de teniente coronel especializado en municiones lo llevaron hasta allí, como a todas las otras ciudades por las que pulularía durante su infancia y adolescencia. Sin embargo, el resto del extenso millaje recorrido jamás podría destronar la frondosidad de aquel año germano. Y es que en esa urbe encontró su primer amor, en las noches del Charlie’s Country Club, cuando su madre Alicia ““sin el suficiente dinero para contratar una niñera- lo arrastraba por la madrugada para ver a su padre cantar. Enfundado en un sombrero de vaquero, el jefe del clan familiar se transformaba, emancipado ““al menos por un instante- del plomo protocolar. Para James Mercer esa fue -para qué dudar- la primera imagen de la libertad.

A la tierra de Bach, Beethoven y Wagner, también dice deberle la Kosmische Musik de Tangerine Dream y Klaus Schulze, las horas interminables bajo el cobijo sónico de Neu!, Can y Faust. Ese fue el principal contenido de su equipaje emocional cuando, un año más tarde, abandonó la fantasía heroica del patio trasero de su provisorio hogar para desandar camino, volver a cruzar el charco y mudarse a Albuquerque, Nuevo México. “Cuando volví a los Estados Unidos, los niños estaban tomando, fumando y teniendo sexo. La dinámica social había madurado mucho más rápido que yo. Caí en una depresión durante meses. Me enfrenté allí, a los once años, al fin de mi infancia”, rememoraría varios inviernos después. Una de cal y otra de arena: ya llegaría el tiempo en el que dicha ciudad se redimiría por endilgarle unos cuantos trastornos psíquicos. Empero, un nuevo éxodo hacia la escuela secundaria en Inglaterra demoró la manumisión. Algunos dicen que todo ocurre por algún buen motivo y, en este caso, las buenas razones fueron nuevos amores. The Smiths, The Zombies, Echo & The Bunnymen se convirtieron en marcadas influencias para el futuro músico que, diploma en mano, formaría Blues Roof Dinner, su primera banda, ahora sí, en aquel pueblo que le había expoliado la inocencia diez años atrás. Albuquerque pidió disculpas con creces, ofrendando algo más que una minúscula escena musical donde dar los primeros pasos de una carrera que aún se ignoraba como tal. Conocer a Jesse Sandoval, Marty Crandall y Neal Langford supuso dos predicados fundamentales. Primero, el aprendizaje instrumental a la par de un grupo de amigos con las mismas intenciones. En segundo lugar, la fundación de un cuarteto de power pop bajo el moniker Flake Music en el verano de 1992. El proyecto se desbandó de forma colateral a la publicación de su primer y último álbum ““el lo-fi When You Land Here, It’s Time to Return (1999). Y es que hacía por lo menos tres años que Mercer ya había dado a luz al más fecundo de sus pródigos hijos.

“Podría decirse que todo esto fue concebido en base a una suerte de mentira”, confesó James haciendo referencia a The Shins, aquel proyecto que nació en paralelo a Flake Music y que acabaría por acaparar el protagonismo de sus aciertos creativos. Bautizado en honor al musical preferido de su progenitor ““aquella obra indeleble de Morton DaCosta, The Music Man (1962) – el embuste radicaba, según sus propias palabras, en la pluralidad del artículo. Porque a pesar de reclutar a los mismos colegas de siempre (con un sumiso paso por la nómina del frontman de Sacred of Chaka, Dave Hernandez), The Shins fue desde el inicio una excusa para canalizar sus propias ideas e inquietudes asociadas a las unidades armónicas convencionales de las canciones de pop de corta duración. No era el único que circulaba por aquel carril. The New Pornographers, Apples In Stereo y Aislers Set, entre otros, también batallaban por el honor de un género en constante devaluación. No obstante, la diferencia con aquellos se esgrimía en que ““al mejor estilo de Jeff Mangum de Neutral Milk Hotel o Kurt Heasley de Lilys– James hacía todo el trabajo compositivo-interpretativo por cuenta propia, sin la ayuda del resto de los integrantes de la banda. “La mayor parte del material del álbum fue grabado sin que los chicos lo hayan oído siquiera”, fue historia que se repitió con cada escalón en la discografía de The Shins: Oh, Inverted World (2001), Chutes Too Narrow (2003), Wincing the Night Away (2007) y el novel Port of Morrow (2012). Una vez dicho esto, valga la aclaración: Mercer jamás deliró con la grandeza. Y siempre dejó bastante en claro que es conciente de la necesidad del talento de otros para acabar de darle el debido ímpetu a sus conspicuas eide. Sin ir más lejos, resultaron ser sus compatriotas de Modest Mouse los primeros en asistirlo y brindarle la posibilidad de girar junto a ellos por los Estados Unidos de América. Fue, justamente, durante un show del modesto roedor en el 2002 que la discográfica Sub Pop le echó el ojo a las melodías de The Shins; cortejo que concluyó con un contrato, un sencillo para la colección del Single of The Month’s Club ““ titulado New Slang– y, claro está, un álbum debut. Oh, Inverted World fue acogido por la crítica y el público con iguales dosis de entusiasmo, mientras sus latas comenzaban a sonar en cuanta película y serie lo solicitase. El empujón de marketing definitivo se lo brindó el actor Zach Braff ““sí, el de Scrubs– cuando el single ya mencionado y Caring is Creepy pasaron a formar parte de la banda sonora de su primer largometraje como director, la ligera Garden State (2004). “Cuando fui a la avant-première, intentaba que el asiento me tragase. Estaba realmente avergonzado. Pero bueno, eran épocas en las que el futuro financiero era incierto. ¿Qué más puedo decir a mi favor?”, ríe con su sentido del humor intacto. Ya vendría la revancha cinematográfica ““en tiempos de mayor certeza financiera- interpretando a Eli en Some Days Are Better Than Other (2010) de Matt McCormick’s. Cuando la comedia que insufló fama y pudor llegó a la salas, The Shins ya habían mudado su cuartel operativo a Portland, Dave Hernandez había vuelto en reemplazo de Langford ““quien decidió permanecer en Albuquerque para perseguir su sueño en la industria de los globos aerostáticos- y su segundo LP, Chutes Too Narrow, ya había sido lanzado bajo el comando ingenieril de Phil Ek. Pero eso no fue todo. En aquel trecho temporal, James conoció a quien viraría el timón en los siguientes nudos de su travesía musical. Ese día en el Roskilde Festival de 2004, conversó toda la jornada con Brian Joseph Burton, cuando el insigne mote de éste aún estaba en la antecámara de la fama mundial.

El primer acto colaborativo con Danger Mouse ““sí, bingo, el insigne mote- tuvo lugar una oscura noche animista. James imprimió su voz en Insane Lullaby, una demente canción de cuna para aquel álbum que Brian gestó junto a Sparklehorse y una extensa compañía de nombre célebres: Wayne Coyne, Black Francis, Iggy Pop, Gruff Rhys, David Lynch, y la lista sigue. Dark Night of The Soul (2010) arribó a las bateas un lustro después de su concepción, siendo el último trabajo finalizado por Mark Linkous antes de que éste decidiese volar su corazón de un tiro en un estéril jardín de Knoxville. Se subsiguieron algunos años de silencio para el proto-tándem. Durante el ínterin, The Shins editó su tercer disco, Wincing The Night Away -producido por Joe Chiccarelli y bendecido por el mayor índice de ventas en la historia de Sub Pop-, y el buen hombre que resultó ser siempre su columna vertebral contrajo matrimonio con la periodista Marisa Kula mientras los dedos de sus pies jugaban con las arenas de la playa de Waimanalo en su querida Hawai. Fue recién en septiembre del 2009 cuando Mercer y Burton confirmaron que lejos del silencio, la demora se vestía de secreto. Hacía ya un año que se encontraban dándole forma a un proyecto conjunto intitulado Broken Bells. El debut discográfico homónimo vendría seis meses después. “Jamás me divertí tanto trabajando con alguien, es uno de mis letristas y compositores favoritos”, diría el ratón de los mil aliados en referencia a su compañero de ruta. Por su parte, James se guardó los halagos verbales y decidió demostrar con hechos cuánto lo había transformado la experiencia de compartir el estudio con el talento de ojos de ébano y cabello mota. Adoptó el falsetto como arma vocal magna, se dejó contagiar por el amor a los sintetizadores de antaño y le prodigó un descanso a su Gibson Les Paul para coquetear con la vibración de una Vox Wildcat. El experimentalismo de Broken Bells no sólo se distanciaba de sus trabajos previos con The Shins sino que también acabó por modificar profundamente la arquitectura ““no sólo sonora- de estos últimos. En una nueva prueba de la farsa fundante a la que había hecho referencia en su confesión -aquella que profesaba sobre el origen unipersonal de la banda- el longevo plantel fue sustituido en su totalidad. Crandall, Hernandez y Sandoval fueron, según declaraciones del tercero, “despedidos sin rencores”. “Comencé a tener ideas que, básicamente, requerían otras personas”, se limitó a aclarar el frontman.

Más allá de esas otras personas a las cuales les daría la bienvenida para participar en las performances en vivo ““Joe Plummer de Modest Mouse, Yuuki Matthews de Cristal Skulls, Richard Swift y Jessica Dobson-, James volvió al modus operandi que nunca había abandonado: el trabajo en solitario. Port of Morrow vio la luz en marzo del presente año, siendo el primer trabajo de The Shins en salir al mundo bajo la tutela de Aural Apothecary, el sello del propio Mercer, con la ayuda de Columbia Records. Algunas de las canciones del disco tomaron como base grabaciones que databan de casi diez años atrás. “Pienso que es el mejor trabajo que hice en mi vida, representa una nueva etapa en la que me siento realmente feliz, supongo que ya no soy un tipo melancólico. Todo es más up-tempo”, señala el padre de dos niñas que ya atravesó la barrera de los cuarenta. “Quería que hiciésemos un álbum de hits con compresores a válvulas al mejor estilo George Martin“. Tal tarea quedó a cargo de Greg Kurstin, a quien Mercer describiría con posterioridad como el Michael Caine de los productores”. Fue el único en toda la historia de The Shins al que le permitió participar de la totalidad del proceso de producción de un disco. Y buscando una buena razón, celebra que Kurstin comparte un gran amor: aquellos años alemanes de krautrock.

40 Mark Strasse es el título del anteúltimo track de ese particular puerto del alba. También, es el nombre del sendero que conduce de la base aérea de Ramstein al Charlie’s Country Club. Allí, las prostitutas esperan al borde del camino por los oficiales que salen dispuestos a abandonar, al menos por un instante, el plomo de las responsabilidades protocolares. El pequeño James mira por la ventanilla del auto. Siente el viento nocturno en el rostro al igual que en sus corridas por el bosque trasero de su provisoria casa en Kaiserslautern. Dice sentirse dentro de una partida de Dungeons and Dragons. Dice haber aprendido a cantar gracias a Ian McCulloch. Dice (suspirando) creer que la melancolía, por fin, parece haberse marchado.

Ilustración: María Eugenia Funes

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