Podría atribuírsele toda la culpa a ese disco de The Velvet Underground que Pierre, el hermano del bajista Nikolai Fraiture, le regaló a Julian Casablancas en una de las últimas navidades del siglo XX. Era la época en la que este aún era un púber que asistía a The Dwight School junto a Nick Valensi y Fabricio Moretti, alucinaba con Yellow Ledbetter de Pearl Jam y aseguraba que su canción favorita era A Change Is Gonna Come del cantante de soul Samuel Cooke. Con aquellos compañeros de la secundaria fue con quienes decidió formar Just Pipe ““su primera banda- sólo con el afán de volver el tiempo atrás y demostrar que la música del under neoyorquino de fines de los “˜60 comandado por Lou Reed podía ser realmente popular a gran escala en otro aquí y ahora, ser revigorizado con la marca de una nueva época. “¿Por qué todo lo que alcanza la fama debe necesariamente apestar? Tenemos un problema con eso y estamos determinados a hacer algo al respecto”, sentenció, sin saber que ese trillado ímpetu juvenil acabaría por capturar el zeitgeist sonoro de los albores del nuevo milenio.

The Strokes tomó su forma definitiva en el año ’98 cuando Albert Hammond Jr -con quien Julian había compartido una corta estadía en un internado suizo años antes- se mudó frente a la agencia de modelos Elite, la empresa de Casablancas padre. “No tenía amigos, así que pensé que debía ir a hablar con él. A las dos semanas estábamos viviendo juntos”, rememora el guitarrista, quien se encargaría de enmarcar las primeras cartas de rechazo de Matador y Hollywood, los únicos sellos discográficos que al menos se dignaron a replicar luego de recibir sus primeros y frustrados demos. Transcurrieron dos años de ese modo, absortos en el pesimismo de las noches vacías en el Mercury Lounge de Manhattan, incapaces de capturar el sonido que en verdad buscaban.

Fue en Transporterraum, el estudio-sótano de Gordon Raphael en el East Village donde todo cambió. “Queremos sonar como una banda del pasado que viaja al futuro para grabar su disco”, le contestó sin siquiera pestañear Julian Casablancas al productor cuando este le preguntó si tenían alguna idea sobre lo que querían concebir. The Modern Age fue el resultado de tamaño pedido. En un principio, el EP fue a parar junto a una pila con otras 300 canciones que Raphael había grabado ese año y hubiese acabado en la nada misma si Geoff Travis de Rough Trade Records no la hubiese rescatado del olvido. “Geoff fue capaz de sobrepasar en el Reino Unido lo que a duras penas y con mucho esfuerzo habíamos conseguido en casa, simplemente lanzando nuestro demo y publicando un artículo en una maldita revista”, relataría Valensi con un toque de malicia.

James Oldham, el editor de esa maldita revista  -más conocida como NME-, fue uno de los primeros en escuchar los acordes de la era moderna. “Todos anhelábamos secretamente que alguien nos rescatase”, confesó haciendo referencia al status quo de la música a fines de los ’90. La reacción en la redacción fue con certeza unánime. Estos adolescentes fashionistas enfundados en camperas de cuero con los ojos puestos en el pasado acabarían ““vaya paradoja- redefiniendo lo que estaba por venir. Cuando Casablancas, Fraiture, Moretti, Valensi y Hammond volvieron a los Estados Unidos, el camino estaba más que pavimentado con las disqueras disputándose la firma de “la banda más grande de rock and roll en años”. RCA Records resultó ser la vencedora, cobijando bajo su ala la salida de aquel insólito álbum debut que ya lleva a cuestas diez años de vida y más de tres millones y medio de copias en todo el mundo. Is This It (2001) revivió al lo-fi rock y, desde esa burla al anticlímax que yace en su nombre, profirió un grito áspero de tedio en el rostro de una época entumecida por el uso y abuso del Pro Tools.

Room on Fire (2003) continuó en la misma línea, explorando los límites de este anhelo de resucitar recursos clásicos con la flagrancia de lo venidero. Los propios músicos se encargaron de las comparaciones: el reggae intersticial de Girls Just Want to Have Fun de Cyndi Lauper en Automatic Stop, el timbre de guitarras de Sweet Child O’Mine de los Guns N’Roses en The End Has No End; Valensi incluso arriesgando en alguna oportunidad haber hallado en el disco una reminiscencia a la gothic music. Tres años más tarde, cuando First Impressions of Earth (2006) vio la luz, los Strokes se encontraron con que el camino que se habían preocupado por asfaltar con la ayuda de los White Stripes se hallaban más que movimentado: The Killers, Franz Ferdinand, The Vines. Una retahíla de grupos ansiosos por echar mano a la herencia de los líderes de inicios del 2000. Sin embargo, las cosas ya no estaban resultando de acuerdo a lo esperado. “Recuerdo haber leído una reseña de First Impressions en la revista SPIN que mencionaba que el álbum sonaba como el último de los Strokes. Al principio me ofendí. Pero después me di cuenta que estaban muy cerca de la verdad. Ni siquiera estoy seguro si habrá un cuarto”, sentenció por aquel entonces Nick Valensi dando comienzo a un inquietante período de hibernación.

En el ínterin, los chicos crecieron, abandonaron algunos excesos, se casaron, tuvieron hijos, atravesaron la barrera etaria de los treinta. Julian se inspiró en un libro de Oscar Wilde para dar forma a su primer trabajo solista, Phrazes for the Young (2009). Aún se hallaba de gira con The Sick Six presentando el proyecto cuando el impass de la banda que lo había llevado a la fama llegó ““fans agradecidos- a su fin. Angles vio la luz en marzo de este año reabriendo con su extraño pero cautivante barroquismo new wave la saga de presentaciones en vivo que los traerá el próximo viernes a la Argentina en el marco del Personal Fest.

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