Death Cab for Cutie – Codes and Keys

Death Cab for Cutie - Codes and Keys

Death Cab for Cutie

Codes and Keys

2011 – Atlantic

[7.4]

.


Una preciosura yace muerta en medio de la calle. Un vehículo la atropelló mientras intentaba hacer su camino hacia la otra acera. El periódico amarillista bien conoce su métier: una fotografía sanguinolenta, un comentario perturbador y -a no olvidar- un titular iracundo, contundente. La clave del negocio es apropiarse de la metáfora del mar embravecido: abrupto, revuelto y violento; así es mejor. De un artículo en una revista de pulp fiction, pasando por el nombre de una canción compuesta por Neil Innes y Vivian Stanshall, el famoso titular llegó a manos de Ben Gibbard y, astuto él, le atribuyó al sintagma «death cab for cutie» nuevos significados.

Luego de Narrow Stairs, álbum con el cual buscaron «“con algunos aciertos y otros no tan victoriosos intentos- estrecharle la mano a un sonido más synth inspirado en los Brainiac de Ohio; el cuarteto de Washington, acaba de lanzar Codes and Keys dejando en claro que -a pesar de todo ensayo- su fuerte ha sido siempre el de seducirnos con cuantiosas sumas de dulzura melódica.

Este séptimo disco de estudio está descentrado del acostumbrado protagonismo que suelen gozar las guitarras en la arquitectura sonora de la banda. Aquí los teclados toman la delantera: Some Boys, Monday Morning, Portable Televisión, algunos tracks que ofician de buenos ejemplos. Sin embargo, este cambio de capitán instrumental no representó una cirugía plástica para el rostro de la banda estadounidense: sus rasgos identitarios siguen allí, inalterables. Voces destilan ecos oníricos en Home is a Fire, acompasadas líneas de batería cimientan la homónima Codes and Keys, alegres riffs pasean por You are a Turist. De todas ellas, Unobstructed Views es la que mejor resume el espíritu DCFC: la matriz compositiva de la canción se multiplica, se reitera, insiste porfiada; y, lejos de resultar en tedio, nos sumerge en un trance cuasi mántrico que revela lo innecesario que resulta a veces estallar para hacer arder.

Catorce años de tierna sutileza sonora susurran: lo de estos muchachos no es el sensacionalismo. Esa bella mujer mordiendo el polvo del asfalto es la irónica excusa para poner en evidencia otros modos de atraer la atención, de hacer estremecer, de mantener en vilo. Porque la clave del negocio de Death Cab for Cutie es la de apropiarse de la metáfora del mar adormecido: sereno, misterioso y ensoñador; así es mejor.

DEGUSTACIÓN

MONDAY MORNING

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