Phrazes for the Young – Julian Casablancas

Luego de que sus ex compañeros crearan sus proyectos aparte, Julian Casablancas hace su debut como solista y no se queda atrás, alejándose de los carriles establecidos e intentando alcanzar un nuevo nivel en su escala musical. Esta vez sin la presión ni las restricciones de trabajar en grupo, deja correr su imaginación y se libera ante sus propios caprichos, conformando una obra compleja y veloz que saca a la luz las reflexiones de un artista que pudo llegar al éxito.

Phrazes for the Young - Julian Casablancas

Parece que en ciertas ocasiones separarse es necesario, y hasta cae en el momento justo. Tres años pasaron desde el último disco de The Strokes, y debe haber funcionado este descanso, ya que cada uno pudo mostrar su lado solista sin por eso llevar a la definitiva extinción. El primero fue el guitarrista, Albert Hammond jr., con ya dos discos en su cartera. Luego, Nikolai Fraiture logró formar Nickel Eye, y Fabrizio Moretti se apareció con Little Joy. Por su parte, Nick Valensi, solo se acredita algunas colaboraciones. Y ahora era el turno del cantante.

Phrazes for the Young sorprende y arrasa con las expectativas, tomando su lugar como líder y principal compositor. Esta vez se sumerge sutilmente en la experimentación con un disco provocador, genuino y revelador. La madurez y la autoreflexión parecen haberse apoderado de Casablancas, y aunque él diga que su vida personal (ya casado y a punto de ser padre) no influyó en nada, se hace evidente que el tiempo pasa y las emociones se alteran.

A pesar de mantener ciertas estructuras previamente conocidas, hay una bifurcación entre el rock y la electrónica donde predominan los ritmos de percusión marcados, los sintetizadores, y una voz que alarga las palabras, esa ya conocida característica de Casablancas. Es así en la enérgica Left &Right in the Dark, o la hipnótica River of Brake Lights. Y también en 11th Dimension, su primer corte, donde una intrépida base de teclados da lugar a una melodía extremadamente pegadiza y contagiosa.

Pero el disco no se estanca y sobrevuela diferentes estilos, así, mientras los minutos pasan, se torna más siniestro y misterioso entre letras introspectivas y melodías rebuscadas. Son los casos de la balada electrónica Glass; o el country folk más pop de Ludlow St. que coquetea con la tristeza y el regocijo; y también 4 Chords of the Apocalypse, donde se lamenta y se resigna a través de armonías que alternan entre un blues y un soul adaptados a la modernidad.

En las ocho canciones que lo componen (hay tres bonus tracks dando vueltas por ahí, que valen la pena escucharlos), la apuesta sube desde principio hasta el final, arrojando confesiones, autocriticas, condolencias y confusiones, pero siempre manteniendo esa estela de gracia, regocijo y conformidad. Y en frases como «I know I’m goin’ to hell in a leather jacket» («Sé que iré al infierno en una campera de cuero») Casablancas se autodefine y se proclama, y se sitúa en su estrella, que sigue brillando y parece tener mucho más para dar.

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