La casa de la noche – Rosal

El cuarto álbum de estudio de Rosal es una pieza extraña. La banda de María Ezquiaga deja atrás esas melodías radiantes que daban luz y brillo a los tres primeros discos para explorar otras ambientaciones sonoras. La casa de la noche es un intento respetable de sostener otra experiencia musical; por momentos demasiado seria, demasiado desligada de aquellos sutiles gestos camp recurrentes en los discos anteriores. El contraste es llamativo. Luego de tres discos compuestos por cadencias de una alegría delicada y, a veces, nostálgica, guiadas por un pop de guitarras, percusiones y coros, Rosal decide profundizar esos vínculos entre el poder de los instrumentos y los arrebatos de lo íntimo.

La casa de la noche - Rosal

En La casa de la noche salen airosas las letras -ese manojo de sentimientos, reflexiones y atenciones meteorológicas- y el trabajo de la voz de Ezquiaga. No es poco, claro, en una formación pop que sostiene parte de su logros en la clara armonía entre letra-voz-música, que aquí se someten a lo nocturno, lo oscuro, lo silencioso como hilos conductores de la obra. La cuestión es que, en este disco, la composición se torna oscura y barroca a punto tal que ni el virtuosismo de la voz ni las letras pueden contrarrestar ese surplus de dramatismo que impregna a la obra. Gran parte de la misma termina perdiendo fuerza en esa batalla de violines y arreglos sinfónicos.

Más allá de esto, hay canciones que logran sacar a la obra de esta oscuridad total. La reina de la noche es una pieza que la banda ya había interpretado en varios recitales y aparece acá ligeramente reformulada: relajada y frenética a la vez, en parte gracias a la hipnótica batería de Juan Jacinto. Altas horas resume con esmero y, a pesar de todo, con un sublime resultado ese deseo de grandilocuencia estética de La casa de la noche. Lo esperado y Ninguna canción nos recuerdan los mejores fragmentos de los últimos dos discos, Rosal y Su majestad. Y el último track, No depende de mí, con Lisandro Aristimuño de invitado, funciona como un sólido mantra que logra redimir al disco de su exceso de graves.

La casa de la noche hace trizas aquel lugar común según el cual a mayor complejidad sonora corresponde mayor grandeza artística. Los esmerados esfuerzos en el plano instrumental no tienen su contrapartida en un refuerzo (o, por lo menos, un sostenimiento) de ese charme que hizo de la discografía de Rosal (y no de un puñado de sus canciones) una de las más importantes promesas del indie argentino. Esperemos que ese espíritu que se auto-definía como “música para el cuidado de un jardín” no se haya ido muy lejos.

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