Invaders Must Die – The Prodigy

Con los legendarios arengadores Keith Flint y Maxim Reality de vuelta en sus filas, The Prodigy edita su quinto disco de estudio combinando el big beat iracundo de siempre con los guiños rave de la primera hora.

A fines de los 90s escuchar The Prodigy era lo más cool del mundo. Hoy, diez años después, esa misma banda se convirtió en una guilty pleasure, o para decirlo en criollo, en un placer culposo. Es que muchas de las cosas que se escuchaban en esa época hoy suenan anacrónicas, caducas, berretas. Es el caso de The Prodigy, o mejor dicho de su mentor, Liam Howlett, que sigue varado y revolviendo en los sonidos de hace una década despertando simpatías sólo en aquellos que suelen mirar con nostalgia la vieja escena electrónica.

Como para acentuar aún más esta tendencia demodé, para Invaders Must Die a Howlett no se le ocurrió mejor idea que reciclar el sonido rave de sus primeros discos. Así, en varios de estos once temas nuevos (¿nuevos?) nos vamos sumergiendo en el túnel del tiempo con teclados house a la vieja escuela (World´s on Fire), samples de voces femeninas (Warrior’s Dance) y de vocecitas aceleradas y procesamiento de beats (Take me to the Hospital) que tratan de emular sin mucho éxito a Out of Space, aquella bomba raver de Experience (1992). Todos estos elementos, que antes funcionaban y se combinaban con frescura y estilo, ahora aparecen forzados y carentes de sentido, incluso por momentos rozando el ridículo.

Sin embargo, el mayor problema no es el anacronismo sonoro, sino una completa carencia de ideas que al parecer fue compensada por una agresividad extenuante que termina convirtiendo a la mayoría de las canciones en un loop sin fin de programaciones galopantes, con mínimas variaciones a lo largo del disco. Escucharlo no solo aburre, también aturde y agota.

Por suerte el principio y el final de Invaders Must Die dan un poco de respiro, con el instrumental homónimo y Omen, ambos temas co-producidos por James Rushent de Does it Offend you, Yeah? Es él evidentemente el que tiene cierto ingenio para lograr un par de programaciones que logran esquivar el galope belicoso y repetitivo para entregar algunos ganchos moderados.

Hacia el final, Piranha también se sale del loop incesante, con un ritmo más juguetón y desestructurado, casi surfer, que recuerda a Hot Ride del injustamente menospreciado disco anterior, Always Outnumbered, Never Outgunned de 2004. Por último, la yuxtaposición de una base hip hop con arreglos de vientos sampleados en Stand Up cierra el disco con un Liam Howlett pisando finalmente sobre terrero nuevo e inexplorado. Si quiere volver a ser cool como antaño no le va a quedar otra que jugarse, salirse de una vez por todas de la cápsula noventosa que tanta seguridad le dió y reinventarse a sí mismo cuanto antes. Porque su hora hace rato que ya pasó.

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