Cuando sos una cipaya | CELC #25

septiembre 9, 2026

Tengo una confesión que durante muchos años me costó hacer: no me gusta el rock nacional. O mejor dicho: nunca me gustó ese rock nacional que se supone que debería gustarme.  Cuando salía el tema miraba para otro lado, lo esquivaba. No me gusta Charly García. Escuchar a Fito Páez me dan ganas de pegarme el dedo chiquito del pie con la pata de una silla. No me gusta Luis Alberto Spinetta, me aburre. Odio a Soda Stereo. Lo digo en voz baja porque la reacción suele ser siempre la misma: sorpresa, decepción o directamente indignación. Como si estuviera rechazando una parte obligatoria de la identidad argentina. 

Gran parte de mi vida adulta hasta el momento estuvo marcada por la expresión “cipaya”: no tomo mate, no me gustan Los Redondos. Siempre me dio un poco de vergüenza asumir mis gustos y cuando me empezaron a decir así, un poco la creí.

Como esta es la era de la aclaración, voy a aclarar que si bien no me gustan estas cosas, no reniego de ellas. Entiendo su importancia y el valor que tienen. Cuando se murió el Indio me puso triste, no soy una hija de puta. Sé lo que representan Los Redondos para la gente a la que amo, sé lo importante de la unión entre la sociedad que generaron esas bandas.

Si no me gustaba el rock nacional, ¿qué me gustaba entonces?. 

La respuesta apareció bastante tiempo después, cuando me di cuenta de algo que siempre había estado ahí: muchas de las bandas que más me gustan son argentinas. Sólo que no era la música argentina que me habían enseñado a apreciar. Entre mis bandas nacionales preferidas históricamente estuvieron Sumo, Massacre y Fun People o Boom Boom Kid. 

Sumo es una de las bandas más importantes del rock argentino y, sin embargo, buena parte de su repertorio está en inglés. Ningún boludo con dos dedos de frente puede decir que Sumo no pertenece al rock nacional por eso. Si alguien dice que Sumo no entra en la categoría porque cantan en inglés, el problema no es Sumo, es la definición que tiene el boludo sobre el rock nacional. Si, tenían todas influencias que trajo Luca de afuera pero hicieron algo profundamente argento con eso.

Nunca me interesó saber por qué Boom Boom Kid canta en inglés porque Nekro me parece el tipo menos cipayo de la galaxia. Para mi eso siempre funcionó como un código compartido dentro de esa cultura, no como una negación de su origen. 

En el caso de Nekro, sus recitales, su ética DIY con todo lo que eso implica, levantar la bandera de causas nacionales y su forma de construir comunidad son inseparables de la escena independiente argentina.

Entonces esto me lleva a preguntarme;  ¿Qué hace que una banda sea “nacional”? ¿El idioma? ¿El lugar donde nació? ¿El público? ¿La escena de la que forma parte? ¿La experiencia que narra?

Esto siempre me hace preguntarme qué entendemos por escena nacional, porque cuando alguien dice “rock nacional” en realidad siempre piensa en Spinetta, Charly, Fito, Los Redondos o Soda, pero abajo de eso convivieron escenas enteras de hardcore, punk, noise, shoegaze o indie que también eran argentinas, aunque nunca ocuparan el mismo lugar en el imaginario colectivo. 

Creo que el problema no es la música sino la definición de rock nacional con la que crecimos.

Esto me lleva a preguntarme si el idioma tiene realmente el peso que creemos. Si un recital de Boom Boom Kid en un club de Buenos Aires reúne a cientos de personas que conocen las canciones de memoria, ¿es menos argentino porque las letras estén en inglés? ¿O la argentinidad de esa experiencia está en otro lado: en el lugar, en la comunidad, en el pogo, en las banderas,  en los códigos compartidos? Decime algo más argentino que compartir un vaso de fernet entre cinco en un recital.

¿Qué quiere decir realmente que alguien sea un cipayo? ¿Alcanza con escuchar música en inglés? ¿Consumir cultura extranjera implica necesariamente despreciar la propia?.

Durante mucho tiempo pensé que consumir cultura de afuera era incompatible con apreciar la producción local, pero mi experiencia me mostró lo contrario: entendí que no hace falta que una banda sea mi favorita para sostener una escena cultural: cuando comprás una entrada, vas a un recital, recomendás una banda o hablás de un disco, también estás construyendo cultura. Creo que esto es más importante que la gente que se llena la boca hablando de “lo nacional” pero nunca sale de su casa.

La identidad cultural no es una playlist. No se mide por porcentajes. No soy más o menos argentina por escuchar veinte horas de rock nacional ni menos argentina por escuchar My Bloody Valentine. Mi identidad nacional aparece en otras cosas: saber que este es el mejor país del mundo y por nada viviría en otro lado. Cómo hablo, qué espacios frecuento, la comida que como o incluso que escenas ayudo a sostener. 

Durante mucho tiempo pensé que el problema eran mis gustos. Hoy creo que el problema era el mapa. Me habían mostrado una porción muy específica del rock argentino y me hicieron creer que eso era todo. Después me cayó la ficha que mis gustos están marcados por una escena nacional que me encanta y que voy a ver bandas dos veces por semana y entre mis preferidas ahora solo hay bandas argentinas; que vi a Bestia Bebé casi diez veces este año, que estoy gastando Vida Modelo de Juana La Loca y que Massacre me sigue emocionando como cuando tenía 15 años.

La norma cultural suele confundir identidad con estética. Como si para ser “auténticamente argentino” hubiera que sonar de una determinada manera, usar determinados instrumentos o cantar en castellano. Nombrame algo más argento que las canciones de El Mató y el pogo de Mi próximo movimiento. 

Tal vez el verdadero cipayismo quizá no sea disfrutar de la cultura de otros países, sino consumirla creyendo que todo lo propio es necesariamente inferior.

¿De qué sirve defender “lo nacional” por principio si uno no se involucra con nuestras expresiones culturales? Creo que la cultura es bastante más compleja que una playlist en Spotify. 

Tal vez el verdadero problema nunca fue escuchar música de afuera. El problema es creer que la cultura propia empieza y termina en una lista de próceres. Por suerte, siempre hubo otra escena. Y ahí, sin darme cuenta, era donde yo había estado todo este tiempo.