Cuando sos una persona muy afortunada | CELC #23

mayo 26, 2026

Vivo en una vorágine en la que te envuelve esta ciudad llena de estímulos, 12 horas de trabajo, cafeína y planes en simultáneo; las cosas se me pasan. Soy parte pero muchas veces sin ser consciente, voy automáticamente al plan siguiente, al show que sigue. Las semanas pasan medio borrosas y mezcladas.

Dean Wareham vino a Buenos Aires la semana pasada a interpretar canciones de Galaxie 500 y de Luna (la banda que armó después). No me lo esperaba y en esa cosa de no ser consciente de la suerte que tengo, no me di cuenta lo importante que era para una persona como yo (un gordo shoegazero pero antes que nada una indie nostálgica) verlo en vivo. Me entusiasmaba como cualquier otra banda, pero no más que eso. 

Así que fui, un martes cualquiera después de trabajar, con el labial corrido, un paquete de cigarrillos y un tupper con sobras del almuerzo en la cartera.

No voy a hablar de por qué me gusta Galaxie 500, ni de su complejidad sonora, ni de esa cosa etérea que transmiten. Ni siquiera voy a decir por qué la voz de Dean Wareham es tan especial. 

No voy a detallar los pormenores de ese recital, como la cantidad de pelados por metro cuadrado que había, ni el avistaje de famosos más bizarro que vi en mucho tiempo. Tampoco hablar sobre el winoni rider que tenía al lado que se la pasó hablando todo el puto recital, ni sobre la fotógrafa de adelante que se encontró con un chabón más pesado que ella y me tapaban el escenario porque charlaban y gesticulaban como si estuvieran en un bar en vez de en uno de los shows más hermosos que iban a ver en su puta existencia. 

Tampoco voy a detallar el setlist perfecto porque no tengo palabras que describan esa casi hora y media de mi vida. Ni la sensación hermosa de ver de reojo a mi mejor amigo disfrutar de cada canción. No voy a hablar sobre que ese día fue la primera vez en mucho tiempo en que me obligué a estar ahí, presente, disfrutando cada minuto.

Si puedo decir que desde que tengo uso de razón sé que en el momento en el que me esté por morir y mi vida pase adelante de mis ojos, va a sonar esta canción; el primer tema puramente instrumental que me gustó en mi vida y, como su nombre lo indica, es solo eso. 

 

Instrumental es una canción que sigo escuchando hasta el día de hoy y me hace llorar porque mientras va in crescendo la guitarra y pensas que llega a su punto máximo, te mete otra capa que te emociona todavía más y después vuelve a bajar y cuando te das cuenta estás enganchado a esa melodía sin letra que aunque no la tenga es perfecta y pensás en tu vida y en todos los momentos onda fotografías que pasan rápido y terminás sin querer dándote cuenta que eventualmente te vas a morir y que querés seguir sacando fotos mentales que acompañen ese tema y que al final tu vida no era una mierda, tu vida es algo hermoso aunque trabajes 12 horas por día y consumas más café y cigarrillos de los que te gustaría y que los momentos de mierda también son hermosos y los tres minutos y ocho segundos que dura la canción no son suficientes porque cada vez recordás más y más momentos, así que te quedás con los más importantes, como que un martes de otoño te agarraste al brazo de tu mejor amigo mientras Niceto estaba estallado de pelados cuarentones y te apoyaste en su hombro y lloraste mientras sonaba Tugboat en vivo, una canción que jamás imaginaste que ibas a escuchar siendo interpretada por ese tipo que la escribió y la grabó hace muchos años, en un escenario a pocos metros y de repente respiraste profundo y dijiste “que suerte que tengo, la puta madre” mientras se te caía una lágrima en el hombro de tu mejor amigo.

Dean Wareham no tocó Instrumental y no me enojé ni me dejó gusto a poco, porque me dio otras canciones en vivo maravillosas. Me gusta que ese tema siga siendo mío, el que va a sonar de fondo cuando me esté muriendo y la vida pase adelante de mis ojos. Me gustó no tener que compartir esa canción tan especial para mi con la fotógrafa pesada ni con el rockero wannabe que cayó a un recital de noche con lentes de sol. En cuanto hice click, no pude parar de pensar la puta madre, qué afortunada que soy.

No puedo transmitir con palabras lo que significa escuchar en vivo canciones que te gustan mucho o darte cuenta que a un par de pasos y gordos pelados mediante, está esa persona que las escribió hace 40 años y que te siguen emocionando. 

Como dije, antes de ser un gordo shoegazero soy una indie nostálgica. Cuando me mudé a Buenos Aires hace 15 años jamás imaginé que vería en vivo a algunas de las bandas de mi vida. No porque esta no sea una ciudad de oportunidades, sino porque las que me gustaban medio que murieron en su época, en su ley, y nunca pensé en la posibilidad de poder disfrutarlas a metros en un escenario. Viví mentalizada en que había cosas que nunca iba a ver y me encantaba escuchar las historias de mis amigos más grandes contándome anécdotas de recitales, intentando vivirlo a través de ellos. 

Siempre creí que nací en la década equivocada y eso hizo que llegara muy tarde a muchas cosas o que no pudiera ser contemporánea a otras, pero la realidad me escupió en la cara. 

El recital de Dean Wareham entró directamente a mi podio de recitales y se convirtió en una imágen más en el resumen de mi vida que va a pasar adelante de mis ojos en el momento en el que me esté por morir.