Hace un mes y 26 días que estoy sobria.
No soy alcohólica pero terminé el 2025 con más cerveza en el cuerpo de la que me gustaría admitir. Casi como un juego y después de una de esas resacas descomunales post recital, quería probarme a mí misma que podía estar un tiempo sin ingerir ni una gota. En esa volteada también dejé de fumar porro, pero esa es otra historia.
Mi consumo de alcohol está totalmente asociado a las cosas que me gustan: tomar algo con mis amigos, tomar algo mientras camino y escucho música, tomar algo en mi casa mientras cocino, tomar algo en un recital.
Mi sueño es dentro de 30 años tener la voz lo suficientemente deformada por tomar whisky y fumar pucho. A mi me gusta el alcohol, no quiero dejarlo para siempre, tampoco soy alcohólica. Quería ver cómo me afectaban esas experiencias que me gustan tanto y que siempre maridé con alguna sustancia.
En este tiempo tuve una cita sin tomar alcohol. Cogí sin tomar alcohol, escuché música sin tomar alcohol. Me junté con mis amigos sin tomar alcohol. Estuve triste y no recurrí a una copa de vino. Salí a caminar sin tomar cerveza, que son dos de las actividades que mejor maridan juntas, sobre todo cuando es verano en Buenos Aires.
También me bajé de varios planes, y me di cuenta que el alcohol o el porro me daban esa mini envión que a veces necesito.
Tal vez me ayudó que en ese tiempo no hiciera tanto calor. Tengo un amigo que se ríe de mí porque ahora voy a todos lados con una botella de plástico decorada con stickers llena de agua en mi cartera, a la que recurro cada vez que quiero tomar un trago. Me volví creativa: en vez de pedirme un gin tonic, tomaba una sprite con limón y hielo que hacía pasar desapercibida mi drástica decisión y me ahorraba explicaciones. Me volví una catadora de cervezas sin alcohol y llegué a la conclusión de que son todas una mierda.
Me di cuenta que hago reír a mis amigos y que puedo hacer chistes estando sobria. Fui muy consciente de las veces que se rieron, y fue como, ah, pará, puedo ser divertida y relajada sin el alcohol.
También me volví una consumidora de pastillas de valeriana, que se supone que te relajan; no es lo mismo que una medida de whisky antes de dormir, pero en este tiempo dormí mejor.
Pero la experiencia más importante de todas es que fui a ver bandas sin tomar alcohol.
Todas y cada una de las veces que ví hardcore en vivo estaba bajo los efectos de alguna sustancia, y todas las veces la pasé increíble. El hardcore es un género que, por lo que más me gusta, es que se me mete en el cuerpo.
Hay bandas que maridan mejor o peor con las drogas o el alcohol (ya hablamos que el stoner es la banda para escuchar fumando un pucho acompañándolo con cerveza caliente y 40 grados de calor). El alcohol y la marihuana activan toda mi parte sensorial y qué experiencia más sensorial que ver música en vivo: el bajo que se te mete por los músculos, el espasmo de mover el cuerpo al ritmo de la música o los oídos embotados cuando una banda suena muy fuerte.
El día que cumplí 51 días sobria, (porque si, conté los días como los presos), decidí ir a un recital sola: Wrrn festejaban sus diez años de banda en Matienzo. Podría parecer una situación normal para cualquier persona, pero para mí, la persona con más ansiedad que pisó el planeta tierra, la definición de ansiedad por el diccionario, era un montón.
Me puse linda, me duché, me perfumé, me vestí de negro como siempre y tomé una pastilla de valeriana. Agarré mi porta porro, solo como cábala,sabiendo que no lo iba a fumar, y salí.
En cuanto el vaho del verano me chocó la cara, noté que necesitaba una cerveza; tuve que hacer mucha fuerza para no pasar por el chino y comprar la primera lata de Quilmes 1890 que encontrara.
Las 15 cuadras que me separaban del antro de turno las hice caminando atrás de una chica tomando una birra y en ese momento quise replantearme todas mis decisiones.
Cuando llegué a mi destino, todavía estaba tocando la banda telonera y el lugar estaba bastante vacío. Me apoyé en una pared atrás y me puse a observar a mi alrededor: estaba rodeada de nenitos vestidos de negro moviendo la cabeza. Cuando terminó, pasó ese éxodo que los que vamos a recitales conocemos: el momento en que mientras la banda que sigue arma todo en el escenario, el público sale junto en manada a comprar algo de tomar (casi siempre es una lata de birra).
Ahí las ganas de tomar un trago de la primera cerveza caliente que encontrara se hizo insoportable; tuve que respirar profundo y me fui a la vereda a fumar un pucho.
Me fumé tres.
Cuando volví a entrar, la fila en la barra había bajado un poco y aproveché para comprar una sprite que pedí que me dieran en un vaso porque me daba bastante cringe estar tomando una gaseosa.
En el momento en que empezó a Wrrn me olvidé de todo. Conecté con cada canción, con cada instrumento, con los pibitos que agitaban como si no hubiera mañana. Con los agradecimientos, hasta presté atención a las letras.
Y aunque terminé disfrutando cada minuto de esa experiencia, me di cuenta que por primera vez el hardcore no se me metió en el cuerpo.
No tengo una conclusión concreta de mis casi 60 días sin beber. Tuve menos resacas y tomé mucha agua. Dormí mejor. Conecté más con algunas cosas mundanas y otras me di cuenta que me aburrían. El stoner me sonó diferente. No peor ni mejor, solo diferente. El sonido ya no era una cosa etérea que me atravesaba sino que pude apreciarlo desde otro lugar.
Cuando volví a tomar, elegí hacerlo con una botella de vino y disfruté cada sorbo como si fuera una botella de agua en el desierto.
Los dos meses de sobriedad valieron la pena porque la primera botella de cerveza con mis amigos fue la mejor botella de cerveza que tomé en mi vida.
Volví a escabiar en un recital pero esta vez no lo necesité para calmar mi ansiedad, lo hice solo porque me gusta tomar.
Estuve 57 días sin beber y sigo siendo la misma persona solo que ahora, disfruto todavía más cuando el hardcore se me mete en el cuerpo

