Los shoegazeros somos nostálgicos, seres oscuros que siempre miran al pasado, un poco reacios a las cosas nuevas, sobre todo a la música nueva. Estamos hablando de un género que, para los puristas como nosotros, murió en 1991 pero seguimos levantando su bandera como si no hubiera mañana.
La mejor ciudad del mundo para ser un gordo shoegazero probablemente debe ser Dublín. Lugar que no conozco pero al ser la cuna de My Bloody Valentine (también de U2 pero nos reservamos el derecho a hablar del ladrón de Bono en este texto), tiene que ser un lugar oscuro y maravilloso.
La segunda mejor ciudad para ser un gordo shoegazero es Buenos Aires, no existe ninguna duda.
Buenos Aires es la mejor ciudad del mundo. Punto. En esta ciudad nunca te aburrís, siempre tenés un plan. No importa qué te guste, no importa lo que hagas, no importa si tenés o no plata. Buenos Aires tiene los mejores bares y cafeterías, la oferta gastronómica más ecléctica del universo. Las calles más hermosas, tiene contrastes en todos sus barrios, la gente trastornada y amable a la vez. Buenos Aires tiene los mejores antros. También tiene olor a pis en cada esquina, transporte público estallado y esa vibra de que el mundo se está por terminar constantemente.
Buenos Aires te vuelve un ser nostálgico de lo que era la ciudad antes, no importa si en los 90 o hace tres meses. Yo todavía hablo del Zaguán o La Cigale con la nostalgia con la que cualquier gordo dark habla de Cemento.
Además, el clima de la ciudad es perfecto para escuchar Shoegaze: El frío que se te mete en los huesos en invierno o el calor que no te deja respirar en verano.
Buenos Aires y el shoegaze son parecidos: Cuando apenas los escuchás, sentís ruido, te molesta, tu cuerpo lo rechaza, incomoda y te descoloca, pero una vez que respirás profundo y te dejás llevar, te abraza y te hace feliz, te lleva a una realidad paralela mientras te recuerda que todos nos vamos a morir.
Entre las cosas que para mi hacen a Buenos Aires la mejor ciudad del mundo, aparte de su oferta cultural y todos los ítems mencionados anteriormente, son los taxistas. Y entre los taxistas, su radio de cabecera: Aspen.
Los taxistas porteños son seres maravillosos y oscuros. Los que manejan de día viven estresados, enojados y te tratan mal (como a veces hace el shoegaze), y los que lo hacen de noche suelen estar duros y manejan muy rápido. Los taxistas porteños siempre tienen buenas anécdotas si tenés ganas de charlar pero también saben quedarse callados cuando no querés saber nada con el mundo exterior. Los taxistas porteños conocen esta ciudad como la palma de su mano, lo saben todo, son seres superiores.
Cuando me subo a un taxi y no tiene puesto Aspen sé que va a ser un viaje de mierda. Es automático, me pongo de mal humor. He llegado a bajarme antes de llegar a mi destino de un taxi porque estaba escuchando música de mierda.
Escuchar radio Aspen en un taxi es de las experiencias más porteñas que existe. Es totalmente ecléctico y difícil de definir, como Buenos Aires. Puede estar sonando Maroon 5 o Wham!, también The Cure, Depeche Mode, The Clash, Radiohead, Bowie y hasta Los Ramones. Escuchar Aspen te vuelve a conectar con esos temas que siempre estuvieron en tu cabeza pero te olvidaste completamente. Es como volver a caminar por calle Corrientes cuando no lo hacés hace mucho.
Radio Aspen apela a la nostalgia, el sentimiento preferido de los gordos shoegazeros como una. En Aspen no pasan shoegaze pero sí todas esas bandas que influenciaron a nuestro género de cabecera. Aspen es la radio que nos hace acordar que en el fondo somos seres felices cuando suena The Lovecats, pero también seres oscuros cuando suena Zombie.
Aspen, como Buenos Aires o como el shoegaze, es nostalgia. Es la reafirmación de que todo tiempo pasado fue mejor. Y para los más haters, es la idea concreta de que la música murió en 1991.
