Nunca entregué una tesis porque las carreras largas nunca fueron lo mío, pero si pudiera escribir una sería sobre este tópico. Hoy voy a hablar de lo segundo que más me apasiona después del Shoegaze: Los recitales.
Mejor dicho, voy a hacer la segunda cosa que más me apasiona después de escuchar Shoegaze: hatear recitales.
No soy una purista del sonido (claro está). Cuanto peor suene una banda en vivo, más me gusta. Cuanta más distorsión y molestia generen un par de instrumentos arriba del escenario, más me enamoro. Pero entonces, ¿qué voy a hatear? Sí, al público del recital que suena mal en vivo.
Hace más de 15 años que voy a ver bandas. Fui todo tipo de espectadora: la fanática desenfrenada que quiere ir adelante para estar cerca, la que poguea, la que usa las remeras de la banda, la que se sabe todas las canciones y las canta como desquiciada, la que se enoja cuando tiene a alguien al lado que charla durante un recital o que no se sabe ningún tema, la que se queda un poco más atrás para disfrutar de toda la vista, etc.
Hace unos años adopté el rol de espectadora pasiva y ansiosa: la que se queda en el fondo o a un costado, la que busca salidas de emergencia por si no puede respirar en medio del recital y, obviamente, la que se dedica a juzgar. El haber sido todo tipo de público en la antigüedad me da el aval de poder criticar a todos los tipos de fanáticos que se mezclan; yo pasé por ahí.
Odiar es un sentimiento hermoso que está profundamente mal visto. El odio es mucho más puro que el amor. Podés amar las mismas cosas que otra persona, pero eso es muy fácil. Ahora, ¿odiar lo mismo que otro? Qué coincidencia más noble.
Si escribiera una tesis empezaría así: la música es un arte y el arte es una forma de expresión. También diría que, como escribió un señor muy aburrido en 1900, “todo comportamiento del ser humano está encaminado a la búsqueda del sentimiento de pertenencia, de estar integrado en una comunidad y en sociedad”. Básicamente, el ser humano quiere pertenecer y ¿dónde mejor mostrar ese sentido de pertenencia que un recital donde hay 1000 personas que buscan lo mismo?
Entonces, como espectadora pasiva que soy, no paro de pensar si esa gente lo hace realmente por el disfrute de un recital en vivo o solo por el simple hecho de pertenecer.
Fact 1: Obvio que en la era de las redes sociales todos los que vamos a ver bandas grabamos con el teléfono las canciones que nos gustan. No voy a ser hipócrita, yo soy la primera. Tengo un archivo personal hermoso al que me gusta volver cuando estoy triste y aburrida. Peeeero el otro día me di cuenta de algo: hay gente que no graba videos desde la cámara de su celular sino directamente desde Instagram. ¿Y qué tiene que ver, dirán? Bueno, que ese video no está pensado para volver a verlo y disfrutarlo. Está pensado pura y exclusivamente para compartirlo en esa red social, grabado con un filtro, listo para durar 24 horas. O sea, una forma de pertenecer.
Fact 2: Hay gente que tiene muchas ganas de charlar cuando va a ver bandas. Les tengo guardados un lugar muy especial en el infierno a estos personajes. Mi teoría es que ni siquiera compraron la entrada. Si no, no se entiende. Son personas que suelen estar atrás, en el lugar de la espectadora pasiva -como yo-, pero que en vez de mirar el show se dedican a charlar entre ellos. Digo que suelen estar atrás pero alguna que otra vez me los encontré ¡adelante del todo! haciendo lo mismo. A veces cortan su conversación random para gritar y pedir que toquen el hit de la banda en cuestión. Todo mi hate es para ellos.
Fact 3: Así como el arte es una expresión, la moda también lo es. Lo entiendo. Pero a veces miro a mi alrededor y pienso: ¿en serio? ¿Era necesario? ¿Tu mamá no te enseñó que es incómodo ir en tacos a un recital? ¿No te dijo que por ahí saltás muy fuerte o te empujan y te podés quebrar un tobillo? No vale la pena ni mencionar el tópico remeras de bandas porque esta es una tesis por sí sola y no me darían todos los caracteres del mundo para hablar sobre eso. Lo único que voy a decir es que tengo un juego conmigo misma y cada vez que veo a alguien con una remera de Sonic Youth o Daniel Johnston en un recital, le doy un trago a mi gintonic.
Hay una contradicción constante en querer pertenecer y querer ser diferente a la vez. Queremos ser parte pero a la vez ser distintos, destacarnos del resto, tener algo que sea solo nuestro. ¿Me pongo contenta cuando conozco a alguien que le gustan las mismas cosas que yo? No, lo odio ¿Está bien? No, obvio que no está bien. Pero acá no estoy para decidir lo que está bien o está mal sino para hatear, como dije al principio.
Hace un tiempo estaba eligiendo qué ponerme para ir a un festival; verano y música en vivo al aire libre es una combinación bastante irritante, entonces había que pensarlo bien. Entre las opciones estaba una remera de Confusion is Sex, el disco más noisy y raro de Sonic Youth, que aunque no le importe a nadie, es mi preferido.
La remera me la mandé a hacer especialmente hace 12 años en la Bond Street y unos años después, cuando estaba llena de agujeros y era imposible seguir usándola, me la volví a comprar. Esa remera siempre me hizo sentir diferente, especial y cool, como todos los boludos de 30 que seguimos escuchando Sonic Youth y que nos sentimos unos raros, aunque en la práctica sea una banda que escuchan millones de personas.

En un acto de iluminación opté por otra ropa y dejé mi remera en el placard. Cuando llegué al festival, además de ver a 100 de personas con remeras similares, divisé a mi rival: una chica que tenía puesta la remera de Confusion Is Sex. Estuve toda la noche feliz por mi decisión de elegir otra y enojada por saber que yo no era tan diferente, especial y cool como creía. Seguro mi rival fue feliz de pertenecer.
Esa chica no lo sabe pero se convirtió en mi archienemiga desde ese momento.
