Tengo amigos que piensan que soy un caprichoso romántico idealista anacrónico. Pero hay ciertos discos que me gusta escucharlos por primera vez directamente en formato físico. Sin preview. A suerte y verdad. De eso se trata el placer de comprar discos.

Entonces cuando sale uno de esos discos, tengo que escapar a todas las plataformas digitales, no leer ningún review en ninguno de los sitios que visito diariamente y cambiar de estación de radio cuando aparece algún sonido que se parece remotamente a lo que en ese momento no quiero escuchar. En suma, tengo que resistir la tentación. Todo por un ritual. ¿Absurdo? Puede ser. Pero muy placentero.

Es cierto, primero tuve que curarme las heridas que me dejó como enseñanza el excesivo disco triple (¡!) Emancipation, de un señor que en ese momento había decidido no llamarse (y que su compañía discográfica de entonces tuvo que recurrir a venderlo como el “Artista Antes Conocido Como Prince“).

Recuerdo que compré Emancipation el día que llegó a Buenos Aires. Recuerdo llamar a la ya extinta disquería Downtown Records (que hoy es… una pescadería) cada dos días para preguntar si lo habían recibido. Recuerdo que el día que por fin me respondieron afirmativamente, dejé lo que estaba haciendo (probablemente estudiando) y me tomé un bondi hasta Cabildo y Juramento (Downtown estaba ahí a la vuelta). Y me volví a casa feliz con “el bodoque” (¡3 nuevas horas de Prince!), y con la ansiedad y la emoción de quien tiene en sus manos lo que podría ser la prueba irrefutable de la existencia extraterrestre. Salvando las distancias.

Digamos que si Emancipation, en sus abismales 180 minutos, hubiera sido un solo disco de una hora, habría estado muy bien. No te digo un Purple Rain o un Sign ‘O’ the Times, pero por ahí para un Lovesexy le daba… De todas maneras, lo entiendo: como manifestación artística es una maravilla. Una declaración de principios de uno de esos artistas a los que nadie pudo doblegar, que siempre hizo todo en sus propios términos, sin importarle quién tenía enfrente.

Todo genial.

Pero después de Emancipation, no volví a comprar un disco sin escucharlo antes.

*

Siempre compré mucha música en formato físico. Primero cassettes, después CDs. Pero en un momento, el placer de comprar CDs empezó a disminuir, a marchitarse poco a poco. No me refiero solo a la escucha, al sonido o a apreciar el arte de tapa (aspectos que cambian muchísimo de la experiencia de escuchar música en CD vs en vinilo). Me empezó a pasar otra cosa: si bien el tamaño del objeto-CD lo hacía mucho más portátil, empecé a sentir que le restaba “importancia” a la compra (aquel ladrillo-de-180-minutos sería una excepción). Salías de una disquería y nadie se enteraba que te habías comprado un disco. Que habías agarrado unos mangos que habías ganado laburando y los habías cambiado por una de las cosas más maravillosas inventadas por la humanidad: MÚSICA.

Un CD lo podés guardar en el bolsillo de una campera, en una mochila, en un bolso… Un vinilo es imposible de esconder. Caminar por la calle con un LP es mostrarle al mundo que te compraste un disco. Que uno cree en el valor agregado de lo tangible en el arte intangible. Caminar con un LP en la mano es caminar con una sonrisa.

Comprar discos es invertir dinero en placer. Aquel placer que yo estaba perdiendo cuando compraba CDs.

Entonces me conseguí una buena bandeja (una vieja y confiable Technics de los 80s) y los vinilos empezaron a llegar non-stop. Y de pronto empecé a “reemplazar” CDs favoritos… No solo por el sonido sino también por el placer de comprarlos de nuevo: esa emoción de entrar en una disquería, revisar las bateas, encontrar Stop Making Sense y comprarlo una vez más (cuando sabés que ya lo tenés en CD… en DVD… ¡y hasta en cassette!).

Eso, además de la discoteca de mi viejo que yo había rescatado y que estaba esperándome. El vinilo como formato ya atravesó generaciones y es el objeto que mejor pudo expresar el fetiche del amor a la música.

*

En 2013, Vampire Weekend edita su Modern Vampires of the City y en ese momento doy por cicatrizada la “herida Emancipation“. Un gran amigo, coleccionista de discos y millas, amante empedernido de la música, me lo trae en vinilo en uno de sus viajes. Y me lo entrega con la frase “no puedo creer que todavía no lo hayas escuchado”.

En respuesta, solo sonrío. Sabiendo que lo logré. Sabiendo que le gané a mi ansiedad. Sabiendo que le gané a los tiempos. Y sabiendo que había recuperado el ritual de comprar discos nuevos.

No descubro nada si digo que Modern Vampires of the City es un re-contra discazo. Y la emoción de escucharlo por primera vez “directo en vinilo” fue muchísimo mayor que si lo hubiera escuchado antes en cualquier plataforma digital. Porque incorporó aspectos rituales que de otra manera no existirían y que aumentan la experiencia: abrirlo, mirar la tapa, la contratapa, el insert… sacar el disco, limpiarlo, ponerlo en la bandeja sin saber qué va a sonar… sorprenderse.

A partir de ahí, se configuró esa nueva categoría en mi cabeza: Directo a vinilo.

Es un listón difícil de conseguir. Hay que ganárselo. No quiero más Emancipations, aunque me estoy flexibilizando de a poco (a esta altura parecería que lo odio… pero no, para nada. Ya me amigué y lo tomo como lo que es. De hecho, hay varias canciones que están buenísimas, como esta, esta, esta, o esta…).

Es toda una experiencia, sobre todo con discos que uno espera por mucho tiempo.

Por ejemplo… todavía no escuché American Dream, de LCD Soundsystem (una de mis bandas preferidas). Otro disco que me trajo en vinilo este amigote, porque acá yo no lo había conseguido. Y me lo entregó repitiendo su mantra: “no puedo creer que todavía no lo hayas escuchado”.

Me está esperando, cerrado. Ya llegará su momento.

Tengo amigos que piensan que soy un caprichoso romántico idealista anacrónico.

Pero… ¿quién me quita el indescriptible placer de estar en este momento escuchando por primera vez y en vinilo el Something to Tell You, de las maravillosas Haim? Amé el Days are Gone, el primer disco de las hermanas Alana, Danielle y Este Haim, del 2013. Una gloria pop. Grandes canciones. Grandes estribillos. Y lo disfruté tanto, que su sucesor, el nuevo Something to Tell You, fue un “Directo a vinilo“.

Al igual que el Days are gone, es un (innecesario) disco doble que cada 15 minutos te pide algo (gira a 45 rpm, o sea que permite menos tiempo que un LP que gira a 33 rpm, que permite unos 22 minutos por lado). Cambiar o repetir lado, cambiar o repetir disco. Y eso hace a la experiencia. Poder decidir después de 15 minutos si escuchar de nuevo las tres o cuatro canciones que acabás de escuchar, o escuchar el lado contrario, o descansar. No te exige atención constante durante una hora seguida.

Something to Tell You valió cada día de espera. Las hermanas Haim la rompen. Son pura frescura. Y dentro del pop, tienen algunos movimientos jugados. Desde ese gran single (y hermoso video) que con cada escucha aún espero que “explote” pero por suerte nunca lo hace, contra buena parte de las “reglas” del pop contemporáneo. Con decisiones artísticas fuera de la obviedad, con voces pitch-shifteadas (vale el neologismo), con patrones rítmicos no tan standard, con sonoridades un poco por fuera de la moda de meter sintetizadores analógicos picantes en cualquier contexto… Y encima ese segundo corte que es pura felicidad.

Abrir el disco, mirar la tapa, la contratapa, el insert… sacar el LP, limpiarlo, ponerlo en la bandeja sin saber qué va a sonar…

Cerrar los ojos.

Y disfrutar de cada palabra, cada inflexión, cada variación armónica, cada sonido, cada efecto. Sorprenderse (y deleitarse) con cada estribillo.  Y saber que solo un día después de escucharlo por primera vez, ya voy a estar cantando el estribillo de al menos un par de canciones… Así de bueno es.

Qué lindo que es tomarse el tiempo para escuchar un disco.

Si te gustó Days are Gone, entrale al Something to Tell You. No te va a ir mal.

Si no te gustó Days are Gone, no hay problema. Hay mucha música. Y para todos.

Si nunca escuchaste Haim y no te la querés jugar, te entiendo… Pero si te gusta el pop, no dejes de escucharlas.

De cualquier manera, sea con el Something to Tell You o con cualquier otro, no dejes de probar comprar un disco sin escucharlo antes.

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