ESPECIAL: David Bowie, dónde estamos ahora (y cómo llegamos hasta acá)

abril 15, 2013

En el mes de octubre, el presidente de la discográfica Sony fue invitado a los estudios de Nueva York donde se estaban llevando a cabo desde hacía dos años las sesiones secretas de The Next Day. «¿Y la campaña de difusión?», preguntó, anoticiándose de que David Bowie tenía un nuevo disco en camino. «No va haber una, directamente vamos a anunciarlo el 8 de enero», tuvo como respuesta. Y ese día, el de su cumpleaños número 66, publicamos uno de los titulares más lindos de la historia de Rocktails: Bowie vuelve. Tras casi una década de silencio que había comenzado cuando colapsó por problemas cardíacos durante la gira de Reality en 2004, acá estaba, avisándonos que en solo dos meses muchos de nosotros íbamos a poder decir por primera vez eso que venimos repitiendo desde hace semanas: ¿escuchaste lo nuevo de Bowie? Lo escuchamos. Lo escuchamos mucho. En esta nota celebramos el regreso de uno de los artistas más importantes de nuestro tiempo (y el tiempo detrás de ese) y recorremos parte del camino que lo trajo hasta donde está ahora.

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Llámenme Ziggy Stardust

«No necesitás mi autógrafo. Si lo necesitaras, te lo daría», le dijo alguna vez Bob Dylan a alguien, desnaturalizando en una sola frase esa relación tan extraña que existe entre las celebridades y los fans. ¿Por qué creamos ídolos? La fama, como fenómeno humano, siempre llamó la atención de David Bowie. Es una referencia muy presente en su obra -hasta hoy, cuando nos encontramos con una canción como The Stars (Are Out Tonight)– y viene desde una curiosidad tan pura como la de un niño que cuestiona atrevidamente todo lo que ya está establecido… O mejor dicho, como la de un extraterrestre que cae en la Tierra y descubre fascinado nuestros modos y miserias. «Siempre luché contra considerar mi rol en esto, el juego del rock and roll. Nunca quise convertirme en parte de él. Al mismo tiempo, sí, lo he hecho y he disfrutado en ocasiones de la controversia», contó hace ya un par de décadas, refiriéndose a la etapa de su carrera en que Ziggy, el rockstar, tomó el control.

La cosa con Bowie es: hay que saber separar al hombre de sus alter egos. En 1972 dio nacimiento al primero de ellos, su más maravilloso experimento artístico. Ziggy Stardust apareció como un Mesías marciano que, a cinco años del fin del mundo, vino a hacerle saber a los jóvenes que todo iba a estar bien. Le creyeron cuando cantó sobre un hombre que estaba esperando en el Espacio para venir a salvarlos, lo adoraron. El invasor andrógino convertido en estrella de rock quiso ver qué onda con esto de ser un ídolo, pero lo llevó demasiado lejos y terminó autodestruyéndose entre aplausos y excesos. La ficción alrededor de la cual basó (con un concepto muy teatral) The Rise and Fall of Ziggy Stardust & The Spiders From Mars, su genial quinto disco, lo obsesionó por completo y no tardó mucho en calzarse el leotardo y las plataformas para darle vida al caricaturesco personaje. Lo puso sobre el escenario, lo llevo a las entrevistas, lo hizo pisar los Estados Unidos, le hundió la cabeza en un plato de merca y se perdió en la fantasía: «Ziggy fue creado de cierta arrogancia. Pensaba que era una obra de arte hermosa, realmente, pero toda mi personalidad se vio afectada». En esta joya documental se lo ve en el último show hecho para ese álbum, anunciando la muerte de Ziggy antes de cerrar con Rock And Roll Suicide. Lo cierto es que tardó un poco más en enterrarlo del todo, tres años y cinco discos para ser más exactos, cuando Bowie (entonces conocido como El Duque Blanco, ese sujeto oscuro y engominado que presentó Station To Station) dejó Los Ángeles para limpiarse de su adicción a la cocaína y aterrizó en suelo alemán.

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La trilogía de Berlín

Hundido en la paranoia y el estilo de vida hollywoodense, en 1976 tocó fondo y decidió escapar a un lugar totalmente opuesto, el Berlín de la Guerra Fría: «Fue un periodo peligroso para mí. Físicamente, estaba en el límite, y tenía dudas sobre mi salud mental. Ahí sentí alegría por primera vez en años, una sensación de libertad y sanación». Consiguió un loft gigantesco y se dedicó a pintar, a explorar la noche y a pensar en nuevo material. Invitó a Iggy Pop, que también necesitaba desintoxicarse, y le produjo sus primeros trabajos como solista. Invitó a Brian Eno, a quien llamó interesado en incursionar en los sonidos electrónicos que había estado escuchando en bandas como Kraftwerk y Neu! Lo acompañó también Tony Visconti, productor y colaborador suyo desde Space Oddity. Armó el ambiente que necesitaba para exorcizarse de su pasado y lo plasmó todo en cinta. Bowie estaba más vivo que nunca y la catártica experiencia resultó en tres discos en los que se mostró al descubierto. Esta vez no creó ningún personaje, sino que se metió con un lenguaje musical nuevo que parecía ir bien con su estado de ánimo.

Brian Eno contó que cuando Bowie lo contactó, le dijo que al escuchar Discreet Music (1975) imaginó que en el futuro la gente iría al supermercado y ahí habría una pila de discos de ambient, todos de portadas similares. Él agregó: «Y tendrían títulos como «˜Resplandeciente’ o «˜Nostálgico’ o «˜Melancolía’. Todos tendrían títulos de humores  y serían tan baratos que se podrían tirar cuando ya no se quisieran». Ahora podemos entender por qué Low (1977) se llama así. El espíritu de esta producción -grabada en un castillo de las afueras de París y mezclada en Berlín- es sombrío, sobre todo el lado B, donde no se encuentran canciones como Sound and Vision, sino intensas piezas instrumentales, como Warszawa: «Low fue una reacción a tener que pasar por esa absurda etapa en América. El lado B fue una observación en términos musicales de lo que no podía poner en palabras, requería de texturas». El disco que llegó más tarde ese mismo año fue Heroes.

Mientras que al escuchar Low, un ejecutivo de RCA entró en pánico y le ofreció una mansión en Filadelfia si, por favor, hacía otro Young Americans, a su sucesor se le decidió imprimir la siguiente y acertada frase publicitaria: «There’s old wave, there’s new wave and there’s David Bowie«. Éste fue el único de los tres hecho enteramente en Berlín y, al igual que en el anterior, la mitad de los tracks son paisajes instrumentales con una pesada influencia del krautrock. Acá, sin embargo, nos topamos con una de las mejores canciones de amor de todos los tiempos. La historia cuenta que durante su paso por los estudios Hansa, frustrado una tarde por no poder ponerle letra a una grabación hecha días atrás junto a Eno y Robert Fripp «“el mastermind de King Crimson hizo su aporte en guitarra-, Bowie le pidió a Visconti que lo deje solo por un rato. Él dejó el edificio, que queda cerca del límite que dividía ambos lados de la ciudad, y caminó por el corredor del Muro con una de las coristas. Al volver, eran los protagonistas de Heroes. Bowie había estado viendo a los dos amantes todo el tiempo desde la ventana.

El disco que completa la serie es Lodger (1979), grabado en Suiza y Nueva York en medio de las giras para los otros dos trabajos. Para ese entonces, la relación con Eno se había desgastado y eso se nota al escucharlo; las canciones se alejan de lo experimental y preparan el terreno para lo que vendría después. Aunque se lo considera como el de menor importancia de la trilogía, Lodger más bien merece ser tomado como una transición hacia el Bowie de los años 80s. Ese, el de Let’s Dance.

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Where are we now?

Poco se supo de Bowie durante estos casi diez años de inactividad. Se supo que le gusta Arcade Fire y Ricky Gervais, por ejemplo. Cuando conocimos el primer corte de The Next Day el día que nos cayó la noticia de su regreso, nos vimos obligados a hacer el viaje en el tiempo contado arriba, viaje por apenas un pequeño fragmento de su larga trayectoria que él parecía haber estado haciendo también en su cabeza. Nos fue necesario revisitar esos años y la mejor parte de su catálogo para ponernos en contexto con el hombre que tan avejentado suena en esa canción, que lo tiene recorriendo las calles de Berlín y contemplando cómo cambiaron las cosas. Nos sentamos a escucharla una y otra vez, leímos las opiniones de todo el mundo en internet, las oímos y dimos los nuestras. Pensamos en Ziggy Stardust, el ejemplo más grande de por qué a lo bueno no hay que estirarlo y agotarlo, sino dejarlo morir cuando todavía tiene magia. Y decidimos no esperar recibir otra obra tan grandiosa como esa, porque Bowie ya no es ese. Ahí fue cuando entendimos el significado de la misteriosa tapa del disco, que parecía un chiste de algún diseñador gráfico: la portada original de Heroes cubierta por un rectángulo blanco y la leyenda The Next Day simplemente es él diciéndonos que nadie puede deshacerse de su pasado y que lo sabe: cada cosa nueva que haga va a ser juzgada en relación a lo que ya hizo.

Bowie ya no es Ziggy Stardust, ni tampoco el de Low o Heroes, pero tampoco es el mismo de Heathen o Reality, esas dos últimas placas que cayeron más bien en el rango de lo olvidable. The Next Day fue una colorida piña en la cara para los que creímos que se había quedado sin algo relevante para decir, como les pasa a tantos que deciden volver. Sangramos felices. Es un disco que vale la pena escuchar mil veces y del cual vale la pena hablar, sobre todo por lo que abarca, que es mucho más que su historia y sus años en Europa: «Where Are We Now? es la única canción así. Todo lo demás en el álbum son más bien observaciones. Algunas pertenecen a su vida, pero otras son comentarios sociales», marcó Tony Visconti, quien también estuvo presente en este trabajo. Ojalá que sea verdad lo que se dice, que de las sesiones sobraron unas 12 canciones y que estaría volviendo al estudio pronto.

«¿Te considerás un héroe?», le preguntó un periodista en 1977. «Para nada. La gente no me ve así y yo tampoco lo creo». Puede ser, pero ya que tenemos esta cosa tan extraña de crear ídolos, sepamos que si hay un Dios, Bowie es lo más cercano a él.

Ilustración: Pablo G. Feliz

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