ARTISTA DESTACADO: Mark Lanegan

Los dedos de las manos le sobraban para contarlos pero, aún así, tenía más años que amigos. Fue aquel verano, la primera vez en la que una canción verdaderamente lo emocionó. Pescaba con su padre en las cercanías de su Ellensburg natal cuando, desde el estéreo de un vehículo estacionado en la orilla, escuchó la versión de Love Hurts interpretada por los escoceses de Nazareth. Mark Lanegan ríe al contar la anécdota, será que está echando cabos imaginarios entre ese episodio inaugural de su melomanía y el primer disco que tuvo en su vida. El gran rostro verde que saluda desde la cubierta de Goes to Hell (1976) de Alice Cooper lo remonta a su adolescencia, época en la que robar discos sonaba más interesante ““y viable- que comprarlos. La chispa sensitiva que generó ese cover de la composición de Boudleaux Bryant, acabó por prenderse fuego de la mano de los Stranglers, los New York Dolls, los Stooges. Junto al punk rock llegó la heroína y, poco tiempo más tarde, la prisión. Parece que Alice tenía razón. A Mark se le borra la sonrisa.

Hacía ocho años que los dedos de las manos ya no le alcanzaban para contarlos, cuando un curso anual de rehabilitación alejó al solitario imberbe de los barrotes de su condena. Una pobre afición a la batería, por el contrario, lo acercó a los hermanos Gary Lee y Van Conner, herederos de la pequeña tienda de artículos de electrónica donde comenzó a trabajar luego de su liberación. Es probable que papá Conner no quisiese que sus hijos formasen una banda de grunge con un empleado cuyo prontuario era más extenso que su currículum, que girasen con él durante años por los Estados Unidos de América por cien dólares la noche y que compartiesen una maloliente habitación de motel en el ínterin con otro compañero más (Mark Pickerel) que tampoco sabía que hacer con su vida. Papá Conner poco pudo hacer al respecto: corría el año ’85 cuando Screaming Trees tocó los primeros acordes ““en paralelo a Melvins, U-Men y Skin Yard– de un movimiento cuyo clímax tendría lugar un lustro más tarde en la Seattle vecina. “Era un baterista tan de mierda, que me hicieron cantar”, recuerda Mark. “Sólo tardé veinticinco años en acostumbrarme a hacerlo”, añade, con esa voz de barítono ““ tan áspera como suave- que convierte en una tarea extremadamente difícil creerle la afirmación.

Con The Perfect Prescription de Spacemen 3, su disco preferido en eterno retorno, el joven Lanegan atisbó que la música le había extendido mucho más que la invitación a un futuro vocal. El pequeño ladrón de álbumes dejó atrás los pantalones cortos, se tatuó varias estrellas en sus nudillos e hizo un descubrimiento radical al abrirse las puertas de la década del ’90: la soledad estaba hecha para ser compartida. Sus primeras amistades se las había dado la música; las que vendrían después, también. Con Kurt Cobain, Krist Novoselic y su compañero de los árboles gritones, Mark Pickerel, comenzaron a trabajar en un proyecto en homenaje al compositor de blues Huddie William Ledbetter. Leadbelly ““como mejor se lo conocía- también había pasado un tiempo en prisión. Mark no creía en las coincidencias, evidentemente. Parece que tampoco podía dejar de pensar en aquella tarde en que su padre encontró algunos discos de Lightnin’ Hopkins en el depósito de la vieja escuela donde trabajaba como maestro; el primer acercamiento de su ansioso hijo al blues, género que éste jamás volvería a ignorar. De aquellas sesiones nació su primer disco solista, The Winding Sheet (1990), donde apareció una versión de Where Did You Sleep Last Night? y los coros de Cobain en Down in the Dark.

De más está decir que aquella década le dio otra lección importante al aún vocalista de los Screaming Trees: nada es para siempre (y duele más cuando son tus amigos). Desde la muerte del líder de Nirvana, Mark jamás le dijo que no a una colaboración, es que “nunca sabés con qué sorpresa te vas a encontrar”. El mismo año ya estaba dándoles una mano a Layne Staley de Alice in Chains, Mike McCready de Pearl Jam, John Baker Saunders de The Walkabouts y a su compañero en Screaming Trees, Barrett Martin, en el único disco que lanzó el supergrupo Mad Season, Above (1994). Por el carril contiguo ““y porque en la amistad cosecharás lo que siembras- el productor Jack Endino le impidió físicamente el paso cuando Lanegan y sus fantasmas intentaban lanzar las cintas originales de su siguiente disco solista al río más próximo. Whisky for the Holy Ghost (1994) vio la luz en medio de la oscuridad que rodeaba a su propio progenitor. Sus canciones son los más bellos testigos que puede haber parido la desolación. The River Rise fue utilizada por el documental dedicado al movimiento grunge Hype! (1996) como fondo sonoro de las imágenes de la vigilia multitudinaria que se desencadenó de forma espontánea luego de la muerte de Cobain. Mientras tanto, Pendulum pintaba con lágrimas el rostro de un dios abandónico: Jesus Christ been here and gone / What a painful place to leave (Jesucristo estuvo aquí y se fue / Qué lugar doloroso para partir).

Seattle era, sin duda, un lugar doloroso para partir, pero los abusos de Mark lo impelieron a volar hacia Los Ángeles en 1997, a dónde lo esperaba un nuevo período de rehabilitación. A diferencia de la primera vez, ahora no estaba solo. Scraps at Midnight (1998) fue el primer trabajo que compuso absolutamente “limpio”. “Me permitió dejar muchas cosas atrás”, sentenció por aquel entonces. Producido por su amigo Mike Johnson, éste ejercicio de redención tuvo dedicatoria a Kurt (Last One in the World), alusión al período de limpieza mental (Hospital Roll Call) y un grito de perseverancia (Stay). Durante los festejos por la inauguración del Seattle’s Experience Music Project y con siete discos en su haber, los Screaming Trees oficializaron su ruptura luego de un largo hiato creativo. Atrás quedaba Sweet Oblivion (1992), el único disco de la banda en el que Lanegan confesó haberse sentido cómodo. Nada parecía faltarle para cerrar una época compositiva destinada a exorcizar demonios. Era hora de construir -junto a los amigos, claro- nuevas trincheras.

Tendría que haber contado con más de tres pares de manos para poder gesticular la edad con sus falanges ya tatuadas, cuando el nuevo milenio arrancó. Para ese entonces, si su casa hubiese sido víctima de un incendio, habría salvado las discografías completas de Son House, John Cale y The Gun Club. De éstos últimos, más que nada habría rescatado el calor del punk rock que lo vio crecer en su pequeña isla mental y la figura provocativa de Jeffrey Lee Pierce, cuya distintiva voz Mark reconoció siempre como indiscutible influencia. Las vueltas de la vida quisieron que ese mismo tipo con las mechas teñidas al sol de California -a quien había versionado en su cuarto disco, conformado en su integridad por covers, I’ll Take Care of You (1999)- colaborase con él en Kimiko’s Dream House, track de su siguiente disco solista, Field Songs (2001). Allí también lo acompañaron Ben Shepherd de Soundgarden y Duff McKagan, quien se encontraba próximo a formar Velvet Revolver. “En una pelea callejera, me gustaría tener a Mark de mi lado”, dijo alguna vez el también ex bajista de los Guns N’ Roses.

Pero en una carrera signada por las colaboraciones bidireccionales, pocas serían tan gratas como la que Lanegan comenzó hacia finales de los ’90 con una de las bandas más resonantes de la escena de la costa oeste. Su voz en Rated R (2000) selló con sangre un pacto de fraternidad -mucho más que musical- con Josh Homme y compañía. “Mi relación con Queens of the Stone Age es una de las más satisfactorias que tuve en mi vida. Es genial tocar con, básicamente, mis mejores amigos“, se lo escuchó agradecer. Poco después del lanzamiento de Field Songs, Lanegan se convirtió en miembro estable del grupo y sumó su épica presencia en Song for the Dead (2002), álbum que los llevó a la fama y de gira internacional durante los siguientes dos años.

QOTSA no sólo resultó ser el santuario de una camaradería con Homme que data de 1996 -cuando el ex guitarrista de Kyuss sesionó con Screaming Trees durante la gira de presentación de Dust, el último álbum de la banda que vio renacer a Lanegan de su reducto social-; sino que también ofició de cupido: allí conoció a la cantante Wendy Rae Fowler (We Fell to Earth), con quien se casaría poco más tarde y se separaría otro poco después. Tanto Wendy como Josh participarían en el disco solista con más éxito comercial que tuvo su ex-esposo hasta la fecha, Bubblegum (2004), donde también contó con la ayuda de P.J. Harvey, Nick Oliveri de QOTSA, Duff McKagan y Greg Dulli. Con este último, Mark inició otro proyecto paralelo (sí, otro más) llamado The Gutter Twins luego de haber dado vida con su voz a Number Nine, canción final del disco BlackBerry Belle (2003) de los Twilight Singers, la banda de Greg con la que incluso se fue de gira en el 2006.

Sería justo conceder que de QOTSA jamás se separó, aunque Lullabies to Paralyze (2005) fue su despedida como miembro estable. Su voz convirtió a This Lullaby, la pieza inaugural, en una canción de cuna tan ríspida como memorable. Una pseudo-despedida ideal: el 12 de agosto de 2010 se los volvió a ver juntos arriba del escenario, durante un recital para juntar fondos por la salud del bajista de Eagles of Death Metal, Brian O’Connor, diagnosticado de cáncer meses antes. De más está decir que esos cinco años de intermezzo, jamás lo vieron estático y mucho menos mal acompañado. Una colaboración con Isobel Campbell, ex cellista de Belle & Sebastian, dejó como resultado tres discos ““Ballad of Broken Seas (2004), Sunday at Devil Dirt (2008) y Hawk (2010)- y una presentación en All Tomorrow’s Parties a fines de 2010. “Es esa voz suya, clásica y desprejuiciada lo que amo de él”, confesó Campbell. Sin duda muchos otros asentirían, los seducidos a trabajan codo a codo con su gruñido teñido de crudeza alcohólica a lo Tom Waits o con su melodiosa sutileza confesional de corte símil Leonard Cohen: el dúo inglés de electrónica Soulsavers;  la mente detrás de UNKLE, James Lavelle; también Tim Simenon. La lista sigue. Un cantante popular brasilero se vería tentado a hacer el chiste alusivo; se canta más fuerte si se tiene un millón de amigos. Pero no sería del todo certero, cuando se oye el peso de las experiencias en cada gemido. A este chico de Washington,  los amigos no lo hicieron cantar más fuerte. Lo hicieron cantar, ni más ni menos. “La música me regaló una vida”; palabras textuales de un niño de familia disfuncional que soñó con ser músico mientras escuchaba un cover de Love Hurts desde la inmensa quietud de un lago o la posible declaración de un adolescente ex convicto cuyos compañeros de banda decidieron que de tocar batería no tenía ni idea, que mejor se acercara al micrófono, a ver qué pasaba.

Mark lanzó a principios de febrero Blues Funeral (2012), a ocho años de su último trabajo solista, Bubblegum. Con algunos nuevos elementos de dance pero con esa misma melancolía blusera que parece no abandonarlo nunca en un río de recuerdos que fluye desde su Ellensburg natal. Le preguntan por qué esperó tanto tiempo para trabajar nuevamente en solitario. “A veces me da la sensación de que jamás hice otra cosa que proyectos paralelos”, murmura el chico de rasgos rudos con su expresión más pacífica, mientras recorre con los ojos la tapa de Saturnalia (2008), el único LP que parió de su dúo con Dulli. Dos sillas en un descampado apocalíptico, un temporal inminente, una foto nocturna sobreexpuesta de New Orleans. Un resumen visual casi perfecto. Es que éste hombre ya ni se molesta en contar sus años ““la cantidad de dedos le quedó corta hace rato-;  tampoco los amigos, le sobran. La oscuridad puede quedarse cuanto quiera, siempre hay otra silla con quien esperar y hacerle frente a la tormenta.

Ilustración: María Eugenia Funes

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