Ecos de La Manchufela: a 40 años de Los Blops

Hijos de los Beatles y de Violeta Parra. Adiestrados con fueros propios en ese primer acercamiento a la explosión pop de los sesenta: admirar, tomar una guitarra y tributar. Tocar y tocar, en colegios, en fiestas, en peñas. Hartarse en eso de sacudir y vitorear una inédita libertad ganada. Pero el sino de los tiempos exigía compromisos mayores; una voluntad de afirmar un credo propio, una constitución nueva ya no más de réplica sino de creación personal. Esencialmente, así nomás: Los Blops alumbraron un rock que de ahí en más no tuvo pudor en juntar el agua y el almizcle, el tiple con un bajo eléctrico; algo entonces extraño, hoy casi bendito.

Cuarenta años hace ya que Los Blops grabaron y publicaron su primer elepé bajo etiqueta Dicap y hoy más que nunca, cuando nuestra música comienza a recuperar algo de ese polimorfismo que la hizo inmensa a principios de los setenta, es válido recuperar e indagar en ese hito parido por Eduardo Gatti, Juan Pablo Orrego, Sergio Bezard, Julio Villalobos y Juan Contreras.

Las cosas en orden: Los Blops hacia 1968 no eran una banda mucho más interesante que aquel puñado de grupos que versionaban a The Beatles, Rolling Stones y The Animals en cuanto boliche fuera posible armar un poco de ruido. Todo cambia hacia 1969: aparece Eduardo Gatti, quien también tuvo su propio grupo durante esos años, The Apparition. Regresa de un viaje por Europa, -qué importante fueron los viajes para las tres bandas madres del período: El Gato Alquinta recorriendo América del Sur, Pancho Sazo en el corazón de la clase media norteamericana y Gatti dando vueltas por Francia-. Un hecho que acelera los acontecimientos, esto y la Peña de los Parra. Hace ya algún tiempo, Gatti y Juan Pablo Orrego daban vueltas por allí donde tocaba la Violeta atentos a la inquietud que provocaba su rudeza, su altura, su poética. Y un par de años después, se daría la oportunidad de responderle.

Verano del 70

Los Blops empiezan a sentir el prurito de algunas ideas latentes que muy pronto deberán expresarse. Durante el estío de 1970, la banda toca durante la temporada en el balneario de Isla Negra; experiencia de júbilo, camaradería y laboratorio de ideas. Poco después, Felipe Orrego y Pedro Greene, entonces baterista del grupo, dejan la banda y la coyuntura permite afianzar al nuevo tándem que marcará un sendero: Eduardo Gatti y Julio Villalobos en guitarras, Juan Pablo Orrego en bajo, Juan Contreras en flauta y teclado, Sergio Bezard en batería.

Durante el invierno de 1970 el grupo, desde esa temeraria ingenuidad desde la que han comenzando tantas cosas importantes en el arte, ensaya ya con un enfoque distinto: la mirada se internaliza, Violeta Parra los sobrevuela y ellos intentan oírla pero, claro, desde una formación que no desconoce a The Beatles o Simon & Garfunkel como referentes de una época que los ha liberado para siempre. Es éste un momento estelar en nuestra historia: Los Blops consiguen que la música popular chilena dé un paso fundamental. Ellos vienen del rock y logran entablar un diálogo rico con el folclore más conspicuo de estos lares. Esto es lo que se manifestará en el primer álbum del grupo, pieza homónima que durante estas semanas cumple cuarenta años desde su lanzamiento.

El primer disco de Los Blops es antes que todo una gran marmita de ideas, un tapiz disparado en distintas direcciones, gentiles retazos acústicos de bucolismo urbano. Durante agosto de 1970, la banda graba en unas cuantas horas su primer asalto y lo que hallamos aquí son, en su mayoría, obras instrumentales que nacen de la improvisación en estudio, pero que destilan la mezcla sonora, la marca de nacimiento del combo de Gatti y Orrego. Están las guitarras españolas y las eléctricas, las flautas, las percusiones amerindias, pero están además las melodías limpias de McCartney y Paul Simon; es, como dijimos, el ensamblaje inicial.

La leyenda cuenta que éste es un disco famoso por la inclusión a última hora, casi por completar el minutaje de la cinta, de Los Momentos. La canción que junto a unas cuantas más repletan el dosel de nuestros cantos callejeros, veladas etílicas y los paseos escolares. Una transversalidad que, claro, tiende a trivializarlo todo, pero que por nada puede hacernos perder el foco de una canción que amplió en su momento los márgenes de nuestra música. Ni Patricio Manns, ni Horacio Salinas, ni Ángel Parra pudieron componerla: se requería ese tronco pop original para captar con lucidez lo acústico pero sin vociferación ideológica; un canto taciturno de letra convulsa y evocación infinita.

Y si Los Momentos siempre será recordable, es extraño que no se repare más a menudo en Vértigo, canción de Julio Villalobos, el brillante tercer compositor de la banda. Una letanía de casi ocho minutos, presa de guitarrazos eléctricos, a punto de caerse a cada momento, tropezando con la desesperanza. Un paso dentro de la oscuridad. «Dile a le gente que crea en la gente por nada, porque las noches que están pasando son largas; pero a mí no me digas nada. Las alegrías de las mujeres que lloran son gotas de agua, son caminos de la muerte. Junta a tu gente y camina a otras tierras donde sean hombres que crean en ellos por todo, porque aquí no creen nada». Presagia una tragedia que vendrá en apenas un par de años, la de una patria y la suya propia: el virtuoso guitarrista abandonó la música y la vigilia del mundo víctima de una esquizofrenia hace ya varios años.

Y, claro, estaba Juan Pablo Orrego y su «La mañana y el jardín». Jovial canto en que se alaban los rocíos matinales, las ventanas empañadas y el musgo crecido. Orgullo hippie. También la extraña «Maquinaria», austera y casi experimental, parriana hasta la médula, adelantando el tema de la alienación industrial y el medioambiente arrasado. «Saca maquinaria del entrepuente, mueve manivela de la ruedecita. Y aquí estamos todos viviendo maquinita y aquí estamos todos jugando el engranaje, el grito que el pájaro gritó murió en silencio».

Los Blops y su primer arribo no son en caso alguno su mejor momento. Éste es sin duda Del Volar de las Palomas, de 1971, una obra maestra que hubiese merecido mejor suerte en su reedición hace algunos años junto con el catálogo completo de la banda. Y vendrían también momentos consignables, varios, en una trayectoria que sufrió el intenso proceso de enervación de aquellos años. La casa-taller-santuario La Manchufela, el Instituto Arica, el aprendizaje y la disciplina, el rechazo de gran parte del público consuetudinario de izquierda; el desastre del Festival de Viña del Mar en el verano del 73, el despecho eléctrico de La Locomotora. Después, el terror y el silencio.

Una vida corta pero de fertilidad mayor. «El pequeño milagro que tienen entre sus manos», como les hablaba Víctor Jara. El admirador que se paseaba por La Manchufela a tocar guitarra, discutir y compartir el tiempo. La amistad, como se sabe, trascendería la plática para traducirse en colaboración en el disco El Derecho de Vivir en Paz de Jara, con la banda apoyándolo en tres canciones fundamentales del álbum.

Y es en rigor lo que debe tenerse en cuenta, más a menudo que lo usual. Ese pequeño milagro que dejó canciones, memorables, un impulso, una búsqueda y el vértigo de un tiempo que fue al mismo tiempo vergel y despeñadero, brillo y oscuridad. Y todo demasiado pronto, sin pausa y con el corazón volcado.

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